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Una reflexión sobre la conciencia

Somos conciencia, así fuimos creado y así viviremos eternamente. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, cómo conciencia. Y así debemos progresar y evolucionar, pues solo así podremos volver al origen, a unirnos con nuestro Padre Celestial,
del cual partimos como alma y como tal debemos volver a él. El hombre es conciencia, es algo incorpóreo, y si solo fuera un cuerpo, desapareceríamos con la desaparición del cuerpo.

El Alma

El Ser nunca nació y jamás perecerá. Su existencia no tuvo principio y tampoco tendrá fin.
Carece de nacimiento; es eterno, inmutable, siempre el mismo, no le afectan los procesos habituales asociados con el paso del tiempo.

¡No muere cuando se mata al cuerpo!

Ningún arma puede herir al alma, ningún fuego puede quemarla, ni el agua humedecerla, ni el viento marchitarla.
El alma no se puede hendir, ni incinerar, ni humedecer, ni secar.
El alma es inmutable, omnipresente, por siempre serena, inamovible y eternamente la misma.

Sobre la fama, el ego y la eternidad del Alma

Quien se inquieta por su fama no se da cuenta de que todos aquellos que lo recuerdan también morirán.
Su recuerdo se extinguirá como una sucesión de lámparas que se encienden y se apagan.
En cambio, quien mira hacia dentro y se gobierna a sí mismo, y actúa conforme a la razón y al bien común, no depende del tiempo.
El ego tiene fecha de caducidad.
La virtud, no.
Por eso, el tiempo golpea al ego, pero no alcanza a quien vive rectamente.
Y lo que nace de la rectitud no muere, porque no pertenece a la opinión, sino al orden de las cosas.
El tiempo no daña a quien vive rectamente, porque no le quita nada que le pertenezca.
Solo daña al que cree poseer lo que no depende de él.

Sobre la muerte y la rectitud

La muerte, al igual que el nacimiento, es un misterio de la naturaleza.
El tránsito entre ambos es natural e inevitable, quieras o no.
Recuerda que en muy poco tiempo todos habremos abandonado el mundo, y poco después no quedarán ni nuestros nombres.
Por eso, en todo lo que hagas, une la acción con la bondad.
Haz lo que debas, y hazlo como una buena persona.
Conserva este pensamiento en cada acto de tu vida:
no obres por la efímera popularidad ni por el placer personal, sino por lo que es recto.
Eso es suficiente
Y nada más es necesario.